La infidelidad, un asunto de supervivencia

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“La tendencia humana  a los vínculos extramaritales parece revelar el triunfo de la naturaleza sobre la cultura.” Helen Fisher

 

En la encumbrada sociedad payanesa del siglo XVIII aconteció uno de los más escabrosos crímenes de la época, según consta en la sentencia proferida por la Real Audiencia de Quito. De acuerdo con los Autos Criminales de la mencionada Audiencia se evidencia que doña Dionisia de Mosquera y Bonilla, dama de la alta sociedad, asesinó en complicidad de su amante, don Pedro Lemos, a su legítimo marido, el ciudadano español don Pedro Crespo.

Crimen cometido con premeditación y alevosía. En una sociedad conservadora y religiosa, en la que los principios morales y las costumbres aceptadas eran aquellas que profesaba el catecismo católico, donde la infidelidad no solo era castigada por Dios sino también por la justicia, por no hablar de la horca. Surge la pregunta ¿Qué lleva a doña Dionisia de Mosquera a cometer adulterio y en nombre de ese amor asesinar a su marido?

 

Doña Dionisia de Mosquera y don Pedro Lemos. Obra de María de la Paz Jaramillo. En Pedro Gómez Valderrama et ál. De amores y amantes, Bogotá, Cama/León, Tercer Mundo Editores, 1990.

La antropóloga Helen Fisher en su libro Anatomía del amor. Historia natural de la monogamia, el adulterio y el divorcio[1], narra cómo a través de la historia de la humanidad se demuestra la presencia de la infidelidad en diversas culturas, tanto occidentales como orientales.  El adulterio ha sido, es y será una evidencia certera del comportamiento humano. Cultural para algunos, biológica para otros y una deliciosa  manera de perder la cordura para todos.

 

En la noche del 29 de febrero de 1.770, día en que don Pedro Crespo regresaba de uno de su habituales viajes a la Península Ibérica, y encontrándose  doña Dionisia en embarazo de su amante,  salió esta a recibir a su marido a eso de las 7 de la noche.  Del atroz crimen también participaron Joaquín Perdomo, mayordomo de la finca de don Pedro Lemos, y los esclavos Francisco Ficher y Pedro Fernández.  En el zaguán de la casa, Ficher le propinó  al infeliz cornudo un fuerte golpe en la cabeza que lo dejó tendido  en el suelo. Mientras tanto el esclavo Fernández  le cubrió la cabeza con una ruana, le agarró el cuello y le tapó la boca para cortarle la respiración. Joaquín Perdomo le clavó un puñal en el estómago y allí mismo le introdujo un cuerno de toro, con el fin de hacer pasar el crimen como un accidente.

 

Foto: http://mujerdespierta.es/la-infidelidad-psicosomatica-clinica/

De acuerdo con Helen Fisher “Igual que el flirteo estereotipado, la sonrisa, la fisiología cerebral del enamoramiento y nuestra necesidad de formar pareja con un solo cónyuge, la infidelidad parece ser parte de nuestro arcaico juego reproductivo”[2]. Fisher argumenta cuatro razones por las cuales el adulterio femenino pudo haber sido adaptativo en nuestras abuelas ancestrales. 1) los bienes y servicios adicionales recibidos de ese otro macho habrían proporcionado a nuestras abuelas adúlteras más resguardo y alimento adicional, lo que significaba mayores posibilidades de supervivencia para sus vástagos.  2) el adulterio servía a las mujeres ancestrales de póliza de seguro: si un marido moría o abandonaba el hogar, había otro varón de donde echar mano. 3) las mujeres ancestrales, igual que las actuales,  no escatimaban en cometer errores a la hora de enamorarse, si por su desgracia habían contraído matrimonio con un pobre y ciego cazador, que además fuese de temperamento violento, tenían la posibilidad de enmendar el error y procrear con el señor “Buenos Genes”. 4) si una mujer engendraba hijos con diferentes hombres, cada uno de ellos obtendría  una ligera variabilidad genética y así aumentaría la probabilidad de sobrevivencia, que  en época de cambios imprevistos, mamuts y hordas era una cualidad que se agradecía a los dioses.

 

Don Pedro Crespo, viajaba con frecuencia  a las Antillas y a la Madre Patria a comprar mercancías que luego vendía en el Virreinato de la Nueva Granada. Es probable que doña Dionisia sintiera necesidad de seguridad y protección  para ella y su legítimo hijo don Mariano Crespo, en las prolongadas ausencias de su marido. O tal vez su amante era la póliza que tenía por si su esposo moría en aquellas largas y peligrosas travesías.  O quizá su instinto la guió a procrear con distintos hombres y así ampliar el abanico genético de su descendencia. O quizá la desidia sexual efecto de la monotonía del matrimonio llevó a doña Dionisia a buscar en otro hombre el gozo de la lujuria. Porque en la variedad no solo está el placer, sino también la supervivencia de la especie.

 

Al parecer, doña Dionisia en su azaroso destino no se equivocó al engendrar una hija ilegítima con su amante, así esto le haya causado el ostracismo. De esta relación adúltera nació doña Ana María Lemos Mosquera,  que años más tarde recorrería el mismo camino de su madre al embarcarse en una relación extraconyugal con don Joseph de Iragorri,  y de donde nacería el también ilegítimo don José María Obando, que fuera presidente de la República de Colombia en  el año de 1.853. ¿Genética o cultura?

Foto: https://www.biografiasyvidas.com/biografia/o/obando.htm

La infidelidad ha sido siempre satanizada en público, pero alabada en la oscuridad de la noche y en las camas ardientes de los amantes lujuriosos.

 

 

[1] Fisher, H. (1994). Anatomía del amor. Historia natural de la monogamia, el adulterio y el divorcio. Barcelona: Anagrama.

[2] Ibíd. página 83

http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/revistas/credencial/junio2012/crimen-pasional-del-siglo-XVIII-en-popayan

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